Hace mucho tiempo mi madre me leía cuentos poniendo muchas vocecitas, y a mí siempre me cautivó. Me fijaba mucho en cómo mi madre cambiaba de voz, modificaba su expresión y su cara se contraía o dilataba para interpretar a cada personaje. De ahí me viene la admiración por la voz y todo lo que se puede desprender de esta. Más tarde, era yo quien me grababa imitando las voces de los diferentes personajes que veía en series o películas ochenteras.
Otro de mis mejores momentos era escuchar en el coche cuentacuentos, sobre todo disfruté mucho los de la colección Cuentacuentos de Salvat. Allí escuché a Marta Martorell y a María Luisa Solá por primera vez. Voces que te tocaban en lo más hondo, que te dibujaban las escenas y las hacían de carne y hueso en tu imaginación. Ese poder del sonido y de la voz lo descubrí entonces, y aquellos cuentos tan bien narrados los tengo siempre presentes. De hecho, me acuerdo en ocasiones de algunas de las frases, -que me sabía de memoria-, cuando a veces algo me activa el recuerdo.
Por tanto, y dado que se me ha concedido el deseo de poder dedicarme al mundo de la voz en todas sus vertientes, me he permitido el lujo de rescatar un viejo cuento de los que más me gustaban de pequeña, y darle vida a través de las voces de esta humilde familia de locutores: mi hija Julieta, mi marido Alain y yo. Es un libro especial, ya que continúa despertando en mí las mismas sensaciones entrañables y tiernas de entonces; además, también lo he revisitado recientemente cuando mi hija era algo más pequeña, y tanto el relato como las ilustraciones nos llegan muy dentro.
Confío en que os plazca asomaros a esta pequeña pieza sonorizada por nosotros con mucho amor.