Hay caminos que se entrecruzan haciéndonos la vida sublime. Y siempre son de manera sorpresiva, como en esta ocasión.
El pasado julio regresábamos de Teruel con unos amigos; habíamos recogido a nuestras hijas de un campamento de naturaleza. De camino a Cantabria, paramos en un pueblo histórico, Berlanga de Duero. Sabíamos que era un lugar emblemático, en el que había un castillo, pero nunca imaginamos que nos causaría tanta impresión.
Solo íbamos a quedarnos una noche a dormir allí, y llegamos justo antes del atardecer. Cuando nos alistamos para salir a dar un paseo por el pueblo, nos sobrecogió el espectacular castillo que preside Berlanga de Duero. Nos fijamos en algunas casas nobles, como una de ellas que estaba frente a nuestro hotel, en el que un escudo heráldico presidía el portón principal. Nos dirigimos a la parte de atrás del castillo, para rodearlo y admirar su belleza. Por el camino, abandonamos las calles del pueblo y nos internamos en un bucólico camino a la vereda de un río, el Escalote. Allí, en un banco solitario y a la sombra de unos chopos, se encontraba un hombre de edad avanzada, vestido con elegancia clásica y leyendo un libro. Un verdadero flâneur -paseante errante-, como decía un profesor mío hablando de los impresionistas de principios del XX.
Nos acercamos a este hombre y le preguntamos si se podía rodear por allí el castillo; entonces comenzó una animada conversación, por la cual conectamos con él inmediatamente. Se alegró mucho de que procediéramos de Cantabria, ya que él había trabajado en su juventud por allí como inspector de colegios. Mi amiga es profesora de la universidad de UCLA, y conectaron en cuanto al ámbito educativo. También nuestro amigo había escrito la guía de San Baudelio de Berlanga, una ermita mozárabe de las pocas que hay en España, y que yo estudié en Historia del Arte. Otra conexión más. Resultaba una caja de sorpresas, y cuanto más nos contaba, más nos percatábamos de su sabiduría y singularidad.
Nos guió por Berlanga de Duero contándonos la historia del pueblo y sus habitantes, no sin antes comentarnos que nos iba a enseñar un tesoro al final del recorrido que nos sorprendería. Después de rodear el castillo, y atravesar la plaza mayor, llegamos junto a nuestro hotel y nos indicó que la casa del escudo heráldico en la que nos habíamos fijado previamente, era su casa. Perteneció a la familia del comunero Juan Bravo, y él la había adquirido hacía bastante tiempo. Otra sorpresa más, inesperada y fantástica.
Cuando nos invitó a entrar en su casa, nos quedamos estupefactos, ya que contaba con dos bibliotecas con 60.000 ejemplares de libros de texto que había ido recopilando desde los años 60, cuando era inspector en Santander. Había ejemplares extraordinarios sobre la educación arcaica de las niñas en la época franquista, pero también libros sobre el nudismo o el feminismo en tiempos pretéritos. El centro se llama CEINCE, y acuden a este innumerables investigadores de todas partes para realizar tesis y publicaciones en torno a la memoria escolar. Fue emocionante y muy enriquecedor, sobre todo por lo inesperado y la naturaleza de la experiencia.
Así es que le invité a mi podcast a la vuelta del verano, y así lo hemos hecho. Agustín Escolano ha charlado amablemente con nosotras -mi amiga Carla también se animó a continuar la conversación de Berlanga de Duero- y os animo a escucharle. Pocos hombres quedan ya como él, tan preclaros y con una mentalidad abierta y avanzada.
Solo espero que disfrutéis de esta entrevista como lo hicimos nosotras.
También en el podcast hablaremos de la turistificación, del hábito de leer, de recomendaciones de series o películas. Y de premio, la breve audioserie de Los Lócueters.