Las red flags o como diríamos los antiguos habitantes de este mundo, las líneas rojas de la locución existen. Cada locutor o locutora establecemos cuál es nuestra frontera moral a la hora de afrontar un proyecto.
Como en los demás sectores, siempre hay algún tema que chocará con nuestra ideología o nuestra forma de estar en el mundo. Habrá quien tenga un umbral de la red flag más alto que otros, pero si el locutor o locutora suele trabajar con frecuencia en diversos productos audiovisuales, es probable que encuentre en algún momento un texto con el que no se sienta cómodo. Ante esta situación, hay muchos que se tapan la nariz y ejecutan el texto autoconvenciéndose de que eso es algo profesional y divisando como recompensa la remuneración económica de rigor.
Hay otros que deciden aumentar significativamente el precio de dicha locución para compensar de alguna forma el tomar parte en un proyecto que no se alinea con nuestras convicciones morales. En última instancia, también sirve para disuadir al cliente de aceptar nuestros servicios de manera diplomática.
Y muchos locutores y locutoras optan por significarse y decir abiertamente que dicha pieza audiovisual atenta contra sus principios morales y no graban ese tipo de textos.
A mí me ha ocurrido un poco de todo. He grabado guiones con los que no estaba de acuerdo, pero que no eran profundamente hirientes contra mis principios; pero también he tenido que decir que no a algunos otros por convicciones políticas o morales.
Muchos compañeros piensan que no pasa nada por grabar algo que no esté dentro de tu marco moral, ya que hay que enfrentar todos los textos con profesionalidad y convicción y ceder nuestra voz al cliente y sus necesidades de comunicación. Eso no significa, según ellos, que nosotros comulguemos con el mensaje.
Pero os animo a empatizar en este punto con el locutor o locutora cuando nos contratan para grabar algo que está en las antípodas de tu pensamiento y es algo indefendible. Tu voz es un vehículo de transmisión importante: servirá para difundir mensajes que inciten a que unas personas perpetúen una forma de estar en el mundo anacrónica o violenta. Desde dar voz a partidos de extrema derecha, pasando por anunciar una corrida de toros o animar a practicar sexo ilícito o agresivo, hay mil ejemplos. Creo que es completamente cabal negarse a realizar este tipo de trabajos con los que no nos sentimos a gusto, acogiéndonos a una objeción de conciencia que debería estar en la base de cualquier trabajo.
Tengo amigos y amigas locutoras en EEUU que me cuentan aspectos curiosos sobre su particular objeción de conciencia. Como sabéis, políticamente hay una polarización extrema en aquel país, mucho más que en el nuestro -que ya es decir. Por lo tanto, muchos locutores manifiestan en sus contratos de trabajo -ya que allí normalmente siempre funcionan de forma muy legal y organizada-, que son demócratas o republicanos, con lo cual no graban más que para el partido que defienden.
Dicho esto, cada cual que obre en consecuencia, pero creo que es muy sano poder decidir a qué proyecto pones voz y a qué otro nunca se la cederías. Pienso que la voz es un sello personal fuerte que debemos preservar para no caer en el mercadeo más mercenario.