Resistir ahora contra la IA marca la diferencia
Los robots dirigen nuestra vida: es un hecho incontestable. Parecía cosa de película, pero hoy en día es una realidad. Nos creemos que somos nosotros los que controlamos a los robots, pero es una falacia. El humano ha creado esta tecnología con su gran inteligencia de homo sapiens -muchas gracias-, alcanzando cimas jamás previstas , y absurdamente, nos está devorando lentamente, sin dolor.
La gran mayoría de las personas asiste al fin de nuestra humanidad abrazando estos asistentes que nos hacen la vida más cómoda, sin darse cuenta de que todo lo que dejamos en manos de esta inteligencia artificial, nos desplaza y suplanta, convirtiéndonos en meros bobos sin voluntad propia.
- Un reloj sabiondo me dice cuántos pasos he dado hoy, recordándome siempre que estoy por debajo.
- Una señora sin cuerpo me pone la música que le pido. Y me sugiere otras que no le he pedido.
- El aspirante a escritor, un tal “chatgpt” hasta arriba de datos ajenos, me puede crear un artículo o un libro de lo que se me ocurra a partir de una idea. Incluso puede darme esa idea, y así no hago nada.
- Unos algoritmos impertinentes me dirigen sin pudor hacia la compra compulsiva de viajes a Malasia, utensilios de cocina que pelan frutas de formas imposibles, cremas rejuvenecedoras y recetas para ser más feliz y relegarme a la estulticia del homo contemplativus.
El complot está claro: quieren hacernos vagos, torpes y que ahorremos tiempo. Todo va deprisa porque necesitamos el tiempo para lo que ellos quieren: jugar a videojuegos, vivir en la realidad virtual, apostar, consumir. Solo así, la inteligencia artificial puede erigirse en la inteligencia suprema y acallar las voces en contra con la excusa de que ha surgido para ayudarnos y hacernos la vida más fácil.
Pero somos esclavos de ella. La IA. Esa inteligencia que surgió como ayuda para aliviar las labores pesadas de la humanidad, y está comiéndonos terreno en los campos artísticos y creativos, el último reducto del alma humana. Total, para nada. Porque lo que hace es un refrito de creaciones anteriores. Y sí, me diréis que ahora lo nuevo es que partiendo de todos esos datos, ya no solo los digiere y vomita formando ideas ya pensadas, sino que es capaz de formar sus propias ideas.
What?? ¿De verdad queremos que un Frankenstein hecho de retazos de datos con sesgos ideológicos probados cree sus propias ideas? Aunque ese ser parte de datos de sabiduría ancestral, no hay precedentes sobre lo que puede generar una supramente llena de más datos de lo que ningún humano será capaz de albergar. No parece ninguna buena idea dejar que un remedo de humano superinteligente haga uso de su supremacía astuta para casi ninguna cosa.
Todo en exceso es pernicioso. Las dictaduras. Las altas capacidades. La belleza extrema. La bondad sin límites. La gula. El consumismo. Y además, ese metaser siempre partirá de un refrito sin vida. Nunca será un humano; quizá sea más inteligente, pero obviamente nunca logrará crear algo que surja de las entrañas, de esas vivencias que afectan al ser humano y le impelen a moverse en una dirección u otra.
Hace unos días me contactó una agencia para un trabajo de locución, y estuve charlando unos minutos con el técnico que me llamó. Querían incluir una voz en español para el montaje de un vídeo en el que previamente habían incluido una voz en inglés creada por inteligencia artificial, y una voz en español latinoamericano también sintética. Estas voces habían sido elegidas por el cliente final, y a esta agencia les chirriaba bastante la voz en español, ya que aparte, necesitaban que no fuera latina, sino castellana.
El montador del vídeo me decía que la voz sintética en inglés podía dar el pego, pero en español no. Y comentábamos lo cutre que resulta escuchar un producto audiovisual con estas voces sintéticas. Probablemente, una persona profana en la materia o poco sensible, que esté más pendiente del contenido que del continente, no preste atención a la voz que envuelve el vídeo. Pero creo que somos muchos, aparte de los profesionales que tenemos que ver con el sector, los que pensamos que resulta poco fiable e inquietante cualquier vídeo que contenga estas voces de IA.
A mí cuando me saltan publicidades sobre productos en los que puedo estar interesada, si la voz que lo acompaña es sintética o robótica, de manera inconsciente no sigo escuchando más, ya que no me fío de lo que anuncian y no considero que haya un buen equipo de producción audiovisual detrás. Me imagino al típico youtuber friki haciendo un montaje casero incluyendo la voz sintética de turno para intentar vender algo que no es verdad. No lo puedo evitar. Aparte de que siempre -hasta el momento- son las mismas voces y a mí me resultan muy siniestras.
Yo quiero seguir trabajando como locutora online y tratar de dar vida a cada texto, eso es obvio. Pero es que como consumidora de contenido en redes sociales, me horroriza escuchar voces deshumanizadas que nos den órdenes o nos intenten convencer de algo. Me siento estafada. Las máquinas nos cuentan cómo debemos comprar, vivir la vida, hacer ejercicio, tomar vitaminas, hacer recetas… Qué cansinas.
El tema que está en el punto de mira es que ahora hay muchos clientes que por ahorrarse dinero cuentan con esta tecnología para sus proyectos audiovisuales. En ocasiones, incluso al estar de moda, van buscando ese sonido hueco, que genera desasosiego, pero a la vez refleja ese mundo de posmodernidad con el que tantos jóvenes se identifican.
Pero lo que hablaba con el chico videocreador es que ahora resistir marca la diferencia. Debemos seguir apostando por la calidad y el arte, decantándonos por un producto audiovisual en el que un equipo de profesionales se esmere y ponga su alma en cada pieza del engranaje. Creo que merece la pena luchar por lo humano y dignificar nuestras habilidades personales, en contra de los castillos en el aire de una forma de inteligencia que nos pretende ayudar a hacerlo todo más fácil, y lo que va a conseguir es que todo nuestro arte se devalúe en pos de un copieteo clónico sin sentido.
Somos muchos los que no vamos a pasar por el aro, y el encontrar gente en mi camino que piensa como yo, me reconcilia muy mucho con mis prójimos.