El otro día hablaba con una amiga sobre el abuso de ciertos clientes sobre intermediarios que explotan a sus trabajadores. Se da la circunstancia de que los trabajadores reciben presión por parte de sus jefes para sacar proyectos en plazos muy cortos y a costa de horas extra, acarreando sin remedio el famoso síndrome del quemado. Cuando los empleados se dirigen a sus superiores para pedir tregua, se les comunica que hay que sacar cuanto antes el trabajo si no se quiere perder al cliente tan importante que siempre se haya en el olimpo de las estrellas, ajeno a todo e inalcanzable. Es un negocio redondo. El cliente final aprieta al intermediario, y este se desquita con sus empleados echando la culpa a su cliente último, con lo cual los empleados no pueden reclamar a nadie y deben pasar por el aro de ser estrujados hasta el límite, forzados para colmo de males, a ser comprensivos con sus pobres jefes, que lo que quieren es no perder al cliente.
Os suena, ¿verdad?
En nuestro sector de la locución también ocurre, claro. Hace poco he estado de vacaciones, y he tenido que regrabar varias correcciones y añadidos de un proyecto que ya estaba entregado hacía días. Mi cliente directo se ha visto obligado por su cliente final a pedirme a cuentagotas una serie de cambios y modificaciones que he tenido que hacer en apartamentos vacacionales y a horas intempestivas. Es lógico que a veces haya retakes, claro, pero siempre hay clientes indecisos que no tienen claro el texto final y reescriben una y otra vez frases. Si hubiera estado en mi estudio, no hubiera supuesto ningún problema, más allá de un mareo continuo para dar vueltas sobre menudencias del texto. Pero estando de vacaciones ha supuesto un quebradero de cabeza, entrando en bucle y sacrificando momentos familiares.
No echo la culpa a mi cliente, evidentemente. Él también estaba apurado de pedir tanto cambio que exigía su cliente. Pero entonces volvemos al inicio. ¿Cómo podemos hacer para educar a nuestros clientes y decir no? Si tu trabajo es inminente y no puede esperar, quizá hay algo que ha fallado. Si después de seis versiones, sigues modificando tu guion, hay que replantearse una manera de trabajar. Hay varias personas que están dando vueltas a lo mismo, invirtiendo horas de trabajo, por no hacer las cosas bien desde el principio.
Quizá hay que plantarse y decir NO voy a hacerlo porque no puedo, estoy de vacaciones. ¿Pero y el miedo a perder a tu cliente, a que este quede mal con el suyo y no te vuelva a llamar? Esto es lo que sucede en estos casos, máxime cuando tú eres autónoma, el trabajo tampoco es que vaya viento en popa, y tienes que tragar con lo que sea. Aquí está el debate. Hay quien es más asertivo, blinda su correo cuando entra en modo vacaciones, y allá se las apañe el cliente con sus cambios.
Puede que esta sea una opción lógica para hacernos valer o para reeducar al cliente y que entienda que debe tener más claro el guion que te envía para que lo grabes, para evitar tenerte de guardia y a su servicio, más veces de las que sería deseable. O si no, quizá hay que poner un precio por estar en guardia durante “x” días para futuras modificaciones de su texto.
Es un tema que me preocupa, y que lo quería compartir, porque sinceramente no sé qué es lo que hay que hacer. Yo, hoy por hoy, no puedo desatender a nadie y me resulta difícil dejar colgado a un cliente. Así es que si alguien tiene un remedio, comentad qué es lo que soléis hacer vosotros.
Gracias por leerme.